Jul 9, 2010

CONFERENCIA ÉTICA Y POLÍTICA

         ÉTICA Y POLÍTICA

 Conferencia Magistral a cargo de JULIAN SERULLE.fotolic

                        

 Ante todo, deseamos expresar nuestro más profundo agradecimiento al comité organizador que ha hecho posible esta hermosa jornada, y, claro, a ustedes, quienes, con su compañía, engrandecen el espíritu de este momento.

Cómo no agradecerles que estén con nosotros, que hayan dejado sus compromisos particulares para venir a escuchar algunas palabras sobre un tema tan delicado y de tanta significación hoy día en nuestra patria, pues hablar de Ética y Política es como si pretendiésemos recuperar los signos más relevantes y sagrados de la Historia.

Ninguno de nosotros ignoramos que el mercantilismo arropa las esferas del poder. A cada momento nos llegan por diferentes vías noticias e informaciones sobre actos de corrupción, tanto a nivel público como privado. Parecería que todos estamos envueltos en este pandemónium.

Si nos remontamos al año 1966 y hojeamos los periódicos de entonces, encontraremos que el tema de la corrupción de Estado es el que con más preponderancia se destaca en los medios. Gobierno tras gobierno ultrajan el honor, mancillan la dignidad y usurpan descaradamente nuestro patrimonio, es decir, las riquezas del pueblo dominicano.

No es correcto, sin embargo, que aborde este singular tema con la alta dosis de ira que nos produce el saber cómo han desfalcado los grupos de poder los tesoros del pueblo, sin que nos introduzcamos a desentrañar el real significado de estos trascendentales conceptos: ética y política.

Jamás permitiremos que por el asco que nos produce a todos el sabernos estafados por seres salidos de la oscuridad, se nos obnubile la mente y no podamos entonces descubrir las bondades ni de la ética ni de la política, ni comprender siquiera su importancia en el mundo de la ciencia, expresada a través del pensamiento de ilustres prohombres de la humanidad.

El tema nos obliga necesariamente a preguntarnos: ¿Estamos ante la desaparición de la política o ante una mutación que obliga a pensar y a practicar la política de otra manera?

Sabemos que la despolitización limita las posibilidades de la ciudadanía de hacer efectiva sus reivindicaciones, que un pueblo apolítico es un pueblo muerto, igual si no tuviese arte. No debemos, empero, comenzar estas palabras con la idea de crear síntomas de frustración entre nosotros. No, jamás. Jamás, porque la oscuridad nunca le ha ganado a la luz.

La corrupción imperante nos lleva a reconocer que estamos en tiempos difíciles, que reclaman el retorno de la dignidad en el quehacer político, como forma de impedir, por un lado, la desaparición del espíritu democrático del pueblo y, por el otro, la supremacía del dinero, como dios superior.

Esta preocupación por la ética y la política, que todos nosotros manifestamos día tras día, fue también objeto de interés  en mentes tan prodigiosas como las de Platón, Aristóteles, Cicerón, Nicholas de Maquiavelo, Simón Bolívar, Jean Jacques Rousseau, Montesquieu, José Martí, Eugenio María de Hostos, Albert Camus y Juan Bosch. Así, como homenaje a estos ilustres ciudadanos, he bebido de sus fuentes para tratar de renovarlas en este impresionante auditorio.

El diccionario que nos presenta la Real Academia Española, nos dice que la ética es la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre en sí. Es un conjunto de normas morales que rigen la conducta humana.  La ética se relaciona con el bienestar material de los individuos y con las colectividades particulares.  De ahí que cualquier obstáculo a este bienestar constituye una ofensa contra la humanidad. La ética emana de los valores que se tejen y entrelazan a lo largo de la historia de las relaciones humanas.

Hemos mencionado la palabra moral, la cual, en tanto que adjetivo, significa lo que pertenece o es relativo a las acciones y carácter de las personas, visto desde la bondad o la malicia. Un concepto más amplio nos permitiría comprender la moral como la ciencia que trata del bien y del mal en sentido general, fuente imprescindible en la búsqueda del respeto entre los seres humanos. En síntesis, la moral debe ser concebida como conocimiento, ciencia y conducta. Ahora bien, la moral, como los derechos del hombre, es principio necesario para el buen vivir de las colectividades, pero también se expresa de manera particular en cada individuo.

El comprender y tener un concepto claro de la moral nos permite tomar conciencia de nuestras obligaciones y deberes para con nosotros mismos y para con los demás.  Esto, en el entendido de que en el drama de la vida moral, los actores voluntarios o agentes morales someten su actuación a la crítica de su conciencia, desde la cual se reseña y se evalúa la calidad de la ejecución moral. No olvidemos que la conciencia desempeña un papel semejante al de la justicia y al de los jueces en la organización social.

Debemos hacer un breve paréntesis para significar que las situaciones sociales deben analizarse en términos éticos, pues sólo así podremos distinguir la verdadera civilización de la barbarie.  Según Eugenio María de Hostos, por ejemplo, debajo de cada epidermis social late una barbarie.

Pero ¿y la política?  Si buscamos su definición en un diccionario relacionado con las ciencias jurídicas, veremos que esta es el arte de gobernar, y dicta leyes y las hace cumplir; promueve el bien público y remedia las necesidades de los habitantes de un país. La palabra política, como sabemos, proviene de la voz griega: polis, es decir, ciudad estado. 

Son muchos los pueblos de nuestra América que consideran que la política se ejerce con carácter comercial, en busca del enriquecimiento económico de quienes participan en ella con el interés de escalar en la sociedad y ser parte del  poder político.  En ese contexto, es lógico que el Estado se deteriore y la sociedad en su conjunto se aliene.

En Italia se ha ensayado con éxito el acceso al poder por medio del dinero, sin intermediarios. Berlusconi promete un futuro en el cual el corruptor y el corrupto sean ya una misma persona. Así, el delito será perfecto.

Josep Ramoneda, en su libro de bolsillo Después de la Pasión Política, nos dice: “De modo que el dinero determina por completo el sistema de mentalidades, configurando una hegemonía  -cultural, política y económica- plena. La corrupción lleva a la política a las páginas de sucesos, el compromiso se hace sospechoso y la insolencia reemplaza el diálogo cultural y político”. A partir de este razonamiento, es fácil colegir que en una sociedad de desigualdades crecientes el mal uso del erario es a la vez un síntoma y una estrategia.

Algunos teóricos, al comprender la profundidad de la corrupción en las entrañas del aparato del Estado, plantean la necesidad de incorporar el factor de la corrupción al estudio de la democracia, tal como la conocemos, pues es indebido presentarla como algo extraño a esta o como una desviación excepcional.

La política es la ciencia suprema que busca el máximo fin. Aristóteles afirma que la ética tiene como objetivo alcanzar el fin propio del hombre, al que se dirigen todas las actividades humanas, es decir, la felicidad. Mientras que la ética se encarga de la felicidad de un individuo, la política trata de buscar la felicidad de un conjunto social.

Al ser el hombre un ente sociable por naturaleza, la felicidad del individuo está indisolublemente unida a la felicidad del cuerpo social al que pertenece, por lo que Aristóteles concluye que la ética es, en realidad, una parte de la política y debe estar supeditada a ella, en tanto que la felicidad del conjunto social es más importante que la del individuo. A través de la política, se busca el fin supremo que envuelve a la totalidad: la felicidad de todos los ciudadanos. La política es el espacio en que el hombre es reconocido como sujeto en tanto que ciudadano.

Podría considerarse como ironía de la vida que Nicolás Maquiavelo, por su neutral y clara descripción de la política, haya pasado a la historia como sinónimo de inmoral. Ahora bien, para Carlos Marx el mérito de este hombre estriba en haber sido uno de los primeros en examinar el Estado con ojos humanos e inferir de la razón y de la experiencia las leyes del mismo. Su apellido suele ser relacionado con lo malsano, digno de olvido. Si en verdad la obra de Maquiavelo produce tal reacción, no deberíamos asumirla contra él, sino contra el hombre mismo, pues en su obra El Príncipe, él no desarrolla un catálogo de normas éticas al servicio de la política, sino que se limita a exponer la praxis de la política, de la cual él ha sido uno de los derrotados y marginados. Sin embargo, no debemos pasar por alto que a partir de la difusión de su obra, El Príncipe,  el poder se constituyó en un problema de astucia y fuerza del hombre (Zorro y León). Le compete al hombre alcanzarlo, conquistarlo y mantenerlo; de esta forma, borra el carácter pasivo que se había establecido en la relación gobernantes-gobernados, para asumir una relación activa de comunicación constante. Así, surge la necesidad de conquistar el poder aun después de haberlo conquistado. Para conservarlo es válido la utilización de cualquier medio, es decir, el medio es aceptado si efectivamente permite alcanzar el fin propuesto. Ante este cuadro, se debe conservar el poder por el poder mismo.  Para tal fin, sus precursores fomentan el analfabetismo, se coloca al ser humano en la más profunda inercia, se le anula el raciocinio y la creatividad, se hace del hombre un  simple robot, y se le humilla con supuestas ayudas sociales.

Para contrarrestar esto es imprescindible recurrir a la educación integral del pueblo. Sólo a través de una educación sistemática, integradora y jamás excluyente, podemos aspirar a que el pueblo haga suyas las leyes que lo rigen. Sin leyes, no hay sociedad humana, y estas sólo tienen valor si cada persona las acepta y las respeta, y las hace cumplir.

Todos sabemos que el hombre,  además de ser animal social, es un animal racional; por tanto, la razón empuja al hombre a buscar lo justo, y la justicia es una virtud social. El ser humano necesita de la vida social, no sólo por ser un ente social, sino porque busca la justicia, la cual solamente puede encontrar en la sociedad. Sobre este particular, el gran educador puertorriqueño, Eugenio María de Hostos, llegó a la siguiente conclusión: hay que entender la política como vocación de servicio y como un recurso de motivación moral.

Debemos practicar la política con pureza, pues su razón no es otra que el amor a la colectividad.

 Aristóteles, por su parte, admite que un pueblo reunido puede gobernarse bien. La razón es que aun cuando individualmente la persona sea mediocre, reunida en conjunto puede llegar a ser mejor y más sabio que en solitario, pues en la deliberación pública esa persona verá los pros y los contras que un individuo aislado no alcanzaría a ver, y podrá encontrar soluciones originales a sus propios problemas.

Sólo en masas de hombres corruptos es improcedente la deliberación pública. José Martí entiende prácticamente lo mismo, cuando dice: El secreto de lo humano está en la facultad de asociarse, y requiere la cooperación y el reconocimiento moral del aporte de cada uno. Esto es válido a escala universal, en lo nacional y en los inmediatos problemas de la vida cotidiana.

Si dejamos recorrer nuestra mirada a lo largo y ancho de los 48,400 km² que integran el territorio dominicano, observaremos que el individualismo nos ha arropado. La vida comunitaria a través de las asociaciones campesinas y empresariales, y de sindicatos, por ejemplo, se ha ido extinguiendo. El concepto integracionista no aflora en el devenir de la sociedad porque estamos bajo los terribles y nefastos efectos del individualismo. Esto nos recuerda a Jean Jacques Rousseau, cuando dice: la sociedad es profundamente injusta y hace perverso al hombre. La sociedad ha perdido la libertad y hace que la pierda el hombre que vive en ella. Según Rousseau, la causa de esto es la existencia de la división del trabajo y de la propiedad privada, lo cual provoca el dominio del hombre por el hombre.

Qué podríamos esperar de una sociedad que se empecina en no educar a sus hijos, en no permitirles que se introduzcan en el mundo de la ciencia, del arte y de la producción.  No es difícil comprender, en ese contexto, por qué se va apoderando de prácticamente todo el caos, la desesperación y la frustración colectiva. En esto, la política, como práctica noble, juega un papel importante. Juan Bosch decía: “La filosofía puede ejercerse en la cabeza de una persona, pero la política sólo puede hacerse en medio de la sociedad. Por esa razón la política es una ciencia (y también un arte) que se realiza en el tiempo humano, en el de los hombres y las mujeres; y a lo largo del tiempo la suma de los hombres y las mujeres han dado tantos cambios y tan grandes, que el que no se dé cuenta de que los cambios sociales se producen en el seno de la historia, no puede dedicarse a la política con éxito porque nunca comprenderá lo que pasa alrededor suyo”.

La política es una zona de la cultura al servicio del hombre. Por eso, quien la practique debe discurrir por cauces éticos-morales. A través de ella debemos provocar el nacimiento y desarrollo de la gran escuela que coadyuve a forjar una sólida conciencia en el pueblo, y a fortalecer su calidad moral. A fin de que la política, como práctica pura al servicio de los mejores intereses del pueblo y de la patria, resplandezca en cada hombre y mujer, debemos empeñarnos en ser maestros y enseñar por qué vivimos como vivimos, y qué nos corresponde hacer para superarnos. El ideal ético-político, consustancial a un pedagogo, da primacía a los más nobles valores del ser humano.

Estamos llamados a hacer de la política y la ética un fuerte bastión. Recordarán que citamos a Aristóteles cuando nos referíamos a subordinar la moral a la política. Es él quien nos hace comprender que toda fuerza moral de bien está sustentada en lo que denominamos Ideología, la cual se canaliza a través de la figura jurídica que  llamamos Estado, y para dirigirlo hay que crear un gobierno, al que se llega por medio de un partido político o de la concertación de fuerzas políticas, o por otras formas de lucha.

Estamos ante tres figuras que forman un triángulo y se entrelazan entre sí. En su vértice superior se encuentra el Estado y en los dos vértices inferiores el gobierno y el partido, y dentro de los tres lados se encuentra el pueblo.

El Estado es el conjunto de leyes que rige la vida de una sociedad. Es una maquinaria de poder y como tal tiene un plano en el cual se describe su funcionamiento. ¿Cuál es ese plano? Pues nada más y nada menos que la Constitución, en cuyas páginas apreciamos en qué forma está organizado el Estado y a cuáles intereses responde. En  nuestro país, la Constitución ha sido considerada por algunos como un simple pedazo de papel, que se cambia con las ambiciones personales de quien ostenta el poder, o en complicidad con los intereses de grupos económicos afines.

Aunque para muchos gobierno y Estado es lo mismo, podemos afirmar que no es así. El gobierno es el administrador del Estado, y entre él y el Estado existe una relación parecida a la que hay entre una empresa comercial organizada sobre la base de acciones y la persona que está al frente de ella con el cargo de gerente. Las juntas de accionistas cambian a los gerentes, pero la compañía no desaparece. Los gobiernos son transitorios, pero el Estado, en el contexto que hablamos, no lo es.

En todo país hay gobierno. ¿Para qué? Pues para dignificar la vida de los ciudadanos. El gobierno está en la obligación de defender los intereses del pueblo. Su verdadera función es la de dirigir políticamente a un país, y debe hacerlo de forma correcta, y vigilar porque cada hombre y cada mujer que lo integren reúnan la calidad moral y la capacidad necesaria, bajo el principio de que en su condición de administradores están llamados a ser servidores honestos de su sociedad.

Esos administradores, que son los ministros, directores nacionales y demás integrantes del gobierno, deben enarbolar como banderas victoriosas la honestidad y la justicia, pues es el único modo que tenemos los pueblos de ser felices.  Martí decía: “Si los pícaros se dieran cuenta de que útil es ser honrado serían honrados”. Dentro de esos administradores está, por supuesto, quien preside el gobierno. Sus valores  morales determinarán su conducta en la administración pública y su conciencia lo guiará por buen o mal camino. Un presidente no debe dejarse arrastrar por el sentimentalismo ni por el amiguismo para configurar su gabinete. No, debe buscar los mejores hombres y mujeres del pueblo, reconocidos como ejemplo de moralidad y con capacidad de poner en marcha, para bienestar del propio pueblo, los recursos del Estado.

En el triángulo que hicimos mención hace un momento, decíamos que en uno de los dos vértices inferiores está el partido. Pues bien, en las democracias liberales los partidos se constituyen en los más importantes medios de expresión de las inquietudes y anhelos de la opinión pública.  Los partidos son, por así decirlo, los canales naturales de comunicación entre gobernantes y gobernados. El partido político es como una correa de transmisión.  Está llamado a levantar la voz en defensa de los derechos esenciales del pueblo. Es el instrumento fundamental para conquistar el gobierno y dirigir el Estado. Si este último es bien dirigido, si es conducido con honestidad y dignidad, se beneficiarán las clases sociales que intervienen en la producción y se armonizarán los intereses de los sectores económicos.

               La función primordial de un partido, con sanas intenciones, es la de organizar al pueblo, para que éste sea protagonista de su destino. Según el tratadista Edmund Burke, un partido es un grupo de hombres unidos a fin de promover,  mediante sus esfuerzos conjuntos, el interés nacional, sobre la base de algún principio particular en el que todos ellos coincidan.

Los partidos no surgieron para comunicarle al pueblo los deseos de las autoridades, sino para anunciarles a las autoridades los deseos del pueblo. Un partido político es la reunión de hombres y mujeres que persiguen coincidir en objetivos similares; unificar sus ideas para emprender proyectos que permitan el desarrollo material y espiritual del pueblo, y el engrandecimiento de la patria.

Los partidos deben crearse para servirle al pueblo, no para enriquecerse con su sudor, no para marginar a las grandes mayorías, no para atropellar a ningún ser humano.

El profesor Juan Bosch, en su libro El Partido, Concepción, Organización y Desarrollo, señala, refiriéndose a la organización política que fundara el 15 de diciembre de 1973: “es un partido formado por hombres y mujeres que tienen conciencia no sólo de que la sociedad cambia, y se mueve sin cesar en dirección de tal o cual cambio, sino que tienen además la voluntad de ser agentes vivos de cambios que conviertan al pueblo dominicano en una sociedad libre en todos los aspectos, y quieren ser, y han resuelto ser, los que provoquen, dirijan y realicen esos cambios. Pero eso que ellos han resuelto ser y hacer -agrega el maestro-  ni llega a ser ni puede hacerse si no se cuenta con un instrumento de lucha formado por mucha gente que piense igual; y ese instrumento ha sido siempre, en todas las épocas, un partido político. Si ese partido existe, si ha sido creado, los hombres y las mujeres que lo forman harán todo lo que sea provechoso para el desarrollo de ese partido y dejarán de hacer todo lo que estorbe su desarrollo”.

A esto, don Juan introduce un pasaje memorable, que leeré enseguida, aunque me duela, pues sé que muchos de sus discípulos lo han olvidado: “Los peledeístas no vivimos de la política ni aspiramos a vivir de ella; no podemos pensar siquiera en engañar al pueblo ni necesitamos hacerlo, y empezamos por no engañarnos a nosotros mismos”. El maestro sigue diciendo: “los dominicanos saben muy bien que si tomamos el poder, no habrá un peledeísta que se haga rico con los fondos públicos; no habrá un peledeísta que abuse de su autoridad en perjurio de un dominicano; no habrá un peledeísta que le oculte al país un hecho incorrecto o sucio o inmoral.” Y añade: “si ganamos las elecciones entraremos a gobernar, y no le quitaremos a nadie lo que tenga bien habido, pero gobernaremos para los pobres de este país; y en ese gobierno utilizaremos a todo hombre y mujer capaz en su oficio o profesión, sea reformista, sea perredeísta, sea lo que sea. Capacidad y honestidad es lo que necesita ahora mismo la República Dominicana en sus hombres de gobierno; capacidad y honestidad dirigidas por un sentimiento de amor y de respeto a nuestro pueblo, un pueblo que como dijo Juan Pablo Duarte, debe ser libre o hundirse para siempre porque sin verdadera independencia ningún pueblo puede dirigir sus destinos hacia la conquista de lo que han soñado sus grandes hijos”, termina la cita.

 Las organizaciones políticas, representativas de nuestra supuesta democracia, no han cumplido con la misión real de lo que debe ser un partido político. Para no irnos muy lejos en el andar de nuestra historia política, podríamos afirmar  que, desde el 1966 a la fecha, el país ha tenido la desgracia de que los partidos políticos que se han encaramado en el Estado no se han ceñido a la ética, han actuado de espaldas a las masas, no se han dado como soporte un plan de nación, y han impedido el desarrollo de la educación, del arte y la ciencia; y, en haber forjado la mano de obra calificada en busca del desarrollo de la industria de punta que necesita el pueblo dominicano.

Las fuerzas políticas que nos han gobernado, sin excepción, han formado clanes económicos que ahora compiten entre sí. Ha primado más el interés individual que el colectivo. El clientelismo se ha constituido en la razón de su existencia. No han vacilado ni economizan esfuerzos en corromper a los distintos sectores de la sociedad, en su desmedido afán de mantenerse en el poder para usar el Estado como una empresa privada.

 Cuando a la hora de tomar decisiones se actúa con la creencia de que el pueblo busca lo mismo que desea un grupo de dirigentes, se produce un acto de suplantación de la masa por los líderes, y esto quiere decir que ese grupo de líderes se considera superior al pueblo, más inteligente o más autorizado que el pueblo. Don Juan, que solía nutrirse de las ideas de Lenin, decía: “La suplantación del pueblo por aquellos que lo dirigen o aspiran a dirigirlo se paga siempre con el abandono de las masas, pues éstas saben mejor que nadie qué quieren y qué necesitan, y acaban dándoles las espaldas a aquellos que se toman a sí mismos por sus representantes sin respetar su derecho a expresarse, sin haberse ganado con una conducta genuinamente popular el derecho a representarlas. Para representar a las masas hay que convivir sincera y honestamente con ellas, hay que conocer sus problemas, sus inquietudes y sus ideas”.

Las fuerzas políticas que nos han gobernado jamás han puesto en práctica estos señalamientos.  Por el contrario, al negar a las masas populares han creado el imperio de la anarquía. Por eso nuestro presente luce tan sombrío: el narcotráfico nos arropa de pies a cabeza, la violencia impera por doquier, y las encuestas, como los medios de comunicación, dan constancia de que la corrupción se practica en todos los estamentos de la sociedad, del pueblo y del Estado. Desde el 1966 a la fecha, ningún gobierno ha expresado la voluntad de combatir los flagelos que nos agobian. El dejar hacer y el dejar pasar han signado la razón de ser de las fuerzas políticas gobernantes. Esta práctica, clara expresión de irresponsabilidad y de falta de ética, se ha constituido en una desgracia, que imposibilita las transformaciones sociales que amerita nuestro país.

Un ligero vistazo a nuestra realidad, nos sitúa ante un panorama sombrío:

-el analfabetismo y el desempleo crecen como la verdolaga; 

-la industria, estancada, lejos de transformarse; 

-el campo y sus poblaciones, sumergidos en la soledad y en el abandono;

-la salud, igual el régimen de seguridad social, están en manos del comercio, nacional e internacional.

Como sabemos, las reformas sociales, sobre todo si son profundas, no pueden llevarse a cabo desde la corrupción, con funcionarios corruptos, pues las reformas sociales son, por naturaleza, opuestas a los privilegios, y donde hay corrupción hay privilegios. Siendo así, tenemos dos caminos por delante: o dejamos que se desarrolle la corrupción y nos olvidamos de las reformas profundas, o expulsamos del Estado a los corruptos, pues con ellos dentro, repito, es difícil lograr reformas profundas.

La corrupción como figura central de la política contemporánea es la expresión de la difícil coexistencia entre un sistema económico, el capitalista, que tiene la desigualdad como motor de su desarrollo (“el ganador se lo lleva todo”), y la auténtica democracia, que tiene la igualdad como principio articulador.

Nos preguntamos si los partidos del sistema merecen la confianza del pueblo, si han sido y son garantes de la auténtica libertad y liberación del hombre y la mujer de nuestro pueblo. En verdad, toda confianza resulta insostenible. El respeto se ha perdido, no han sido leales para con el pueblo, y no han tenido la entereza ni la capacidad para poner en práctica un real y auténtico programa de gobierno, con la correspondiente integración de los diversos sectores del pueblo. Nos han negado la libertad que merecemos y por la cual nuestro pueblo ha dado tanto.

La libertad es un concepto tan amplio como la vida, pues ella, además de permitirnos hablar o caminar libremente, nos posibilita el acceso al disfrute de los derechos universales del hombre: a nacer, crecer, desarrollarnos y morir con dignidad.

El legado que nos han dejado los partidos que han dirigido el aparato del Estado, ha sido en extremo negativo. Observemos, simplemente, las trampas internas que se tejen entre ellos, la ambición de sus dirigentes, y su falta de entrega al trabajo serio y fecundo.

El informe Anual para el Desarrollo Humano, presentado por el Programa de las Naciones Unidas, ha considerado que en la República Dominicana los partidos tienden a no concebir la política como un espacio público, sino como una extensión del espacio privado, como una plaza que permite satisfacer intereses particulares. Esta concepción patrimonialista caracteriza a los partidos que nos han gobernado. Se han fundamentado en el clientelismo, han cultivado el bajo perfil ideológico y han promovido el caudillismo.

El informe Anual para el Desarrollo Humano, nos plantea, además, que otra característica importante de los partidos políticos dominicanos es el bajo perfil ideológico en que se sustentan, volcados a obtener posiciones de poder a cualquier precio. Este bajo perfil ideológico, se manifiesta en la ausencia de alternativas programáticas y de proyectos de desarrollo.

A lo largo de la historia republicana de nuestro país, la política no ha estado guiada por los principios que dan razón de ser a la ética, pues ha echado a un lado el consabido criterio de que la política es ciencia y su misión es conquistar el bien.

 Permítanme repetirles la cita de JOSEP RAMONEDA: “En esta sociedad de la desigualdad creciente la corrupción es a la vez un síntoma y una estrategia. Dicen algunos teóricos -precisa él- que hay que incorporar el factor corrupción al estudio de la democracia. Es verdad: no se puede presentar como algo extraño -como una desviación excepcional- lo que es rutinario, lo que aparece en todos los países y gobiernos”.

Finalmente, permítanme decirles que al negarse la lucha ideológica han pretendido sólo dejar la lucha política, y así imponer y perpetuar la corrupción. Es cierto, que algo de esto está sucediendo.  Ahora bien,  hay algo más: mientras la democracia se somete a las estrictas exigencias del poder económico, los territorios se confunden, lo público y lo privado se entrecruzan, y se desarrollan constantes mecanismos de transferencia de un poder a otro.

Observemos cómo los procesos de privatización de empresas públicas son el paradigma: el político transfiere al poder empresarial aliado suyo los recursos del Estado y consigue así extender su poder personal fuera del ámbito de la política, y reforzar su posición individual en detrimento del Estado.

Vemos que en el ejercicio de la política, los políticos se concentran en la toma del poder, sin importarles la forma o las condiciones de llegar a él: mienten, sobornan, aceptan dinero mal habido, distorsionan el uso del patrimonio del pueblo, compran conciencia y corrompen a ricos y a pobres. Esta malsana actitud toma mayor fuerza cuando, despojadas de los velos de las ideologías, las instituciones se corrompen y le ceden el paso a la política como medio sin fin, porque el fin se agota en ella misma: el poder.

Es innegable que hemos vuelto a los tiempos de Maquiavelo: detrás de la razón de Estado no hay siquiera la defensa de la institución sino, simplemente, la conservación del poder por parte del príncipe.  La ciudadanía no puede alegar ignorancia porque los secretos del poder se han hecho absolutamente visibles.

         Los partidos políticos que han gobernado a la República Dominicana quizás estén convencidos de que han logrado el fin por ellos perseguidos. Como un dictador cualquiera han apaciguado y neutralizado el espíritu de lucha del pueblo, al extremo de que hoy día contamos con muy escasos instrumentos reivindicativos. Nos han impuesto, y en cierta medida nos hemos acomodado a ello, el veneno mortal del conformismo.

Si no despertamos, amigos y amigas del alma, si no asumimos como norte y con la necesaria pasión la ética, en tanto que eslabón  para llegar a la política, limpio de todo mal, estaremos perdidos, y  seguiremos navegando a la deriva. 

Por suerte, los pueblos saben prender la luz de la dignidad en los momentos más difíciles de su historia y saben cómo y cuándo deben esparcir por tierra, mar y aire sus chispas redentoras.  Ese momento, creo yo, está tan cerca de nosotros que ya empieza a rozarnos la piel. Entonces, cuando esto suceda, la Ética y la Política estarán al servicio de los mejores intereses de nuestro pueblo.

Gracias. Muchas gracias. Gracias de todo corazón.

 

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